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El Mizontle de Mazunte: Canto del Equilibrio Eterno

 

En los tiempos del Quinto Sol, cuando la Tierra aún recordaba el rugido de los cuatro soles anteriores y el cielo tejía sus hilos de estrellas como plumas de Quetzalcóatl, existía un lugar sagrado donde el mar besaba la arena con susurro de serpiente emplumada. Era Mazunte, la orilla de los mizontles, cangrejos guardianes nacidos del abrazo entre Tlaltecuhtli, la tierra devoradora, y Chalchiuhtlicue, la diosa de las aguas jade. Allí, en las raíces de manglares que se hundían como venas de la madre primordial, el mizontle emergió no como bestia común, sino como nemiliznahual, espíritu errante que une los mundos con sus patas danzantes.

Los ancianos zapotecas, sabios de los valles y costas, lo llamaban Guela’z —el caminante azul—, ser que brota de la piedra viva del manglar para recordar al pueblo el bixaguie, el equilibrio entre lo seco y lo húmedo. En sus leyendas, contadas al pie de ceibas centenarias, el mizontle fue creado por Coqui Xee’, la nube de jaguar, para custodiar las guendas sagradas de la costa. “¡Ña miza guela’z, ña miza bixie! —dice el verso zapoteco—, el caminante azul trae vida, el caminante azul equilibra el mundo”. Sus caparazones, duros como obsidiana pulida, brillaban con el fulgor del amanecer, y sus tenazas suaves cargaban el rocío de la noche, ofrenda al cosmos.

El Nacimiento en el Vientre del Manglar

Cuenta la tradición tolteca, eco de los señores de Tollan, que en la era de Nahui Ollin, cuando el movimiento sagrado giraba los cielos, Tláloc lloró sobre las costas oaxaqueñas. Sus lágrimas, cargadas de trueno, se filtraron en la tierra negra de Mazunte, fecundando las madrigueras ocultas. De esa unión divina nació el primer mizontle, con cuerpo de índigo profundo que se fundía en violetas del ocaso, patas como brasas vivas que avivaban la arena dormida, y tenazas de crema pura, tiernas como la leche de la diosa madre. No era criatura de caza ni presa fácil, sino teyolia encarnada, chispa del alma que danza en la frontera, enseñando que la vida no es posesión, sino fluir eterno.

Los zapotecas, herederos de Monte Albán, veían en él al donzä del manglar —el espíritu protector—, que emerge al alba para trazar jeroglíficos en la playa con sus pasos veloces. “¡Guela’z bidxa’, guela’z pedx* —cantaban los ancianos—, caminante que une, caminante que separa”. En sus mitos, el mizontle fue enviado por Pitao Cozobi, dios de la lluvia, para vigilar las pozas primordiales donde el agua dulce besa la salada, recordando al pueblo que sin ese beso, la vida se marchita como maíz sin semilla.

La Danza de los Cuatro Pilares

Al caer la tarde, cuando Tonatiuh se hunde en el fuego de Xiuhtecuhtli, los mizontles de Mazunte ascienden en procesión desde sus cuevas de barro. Sus patas firman el ollin en la arena, el glifo tolteca del movimiento que gira como los soles pasados: fuego devorado por agua, agua por viento, viento por tierra. Cada paso es rezo vivo: el fuego arde en su huida ante la garza sagrada, mensajera de Huitzilopochtli; el agua lo llama desde las olas, eco de Chalchiuhtlicue; la tierra lo mece con sus manglares, raíces de la devoradora Tlaltecuhtli; el aire lo impulsa con brisas de Ehécatl, que susurran profecías del más allá.

Como Nezahualcóatl, el poeta rey que contemplaba el firmamento desde Texcoco, el mizontle eleva su canto:
“¿Acaso soy yo el puente entre el abismo y el cielo?
En mi caparazón porto el trueno de Tláloc,
en mis patas el latir de la tierra herida,
en mi danza, el suspiro del cosmos que sueña.
¡Oh sol de movimiento, no me dejes quieto!
¡Oh mar jade, no me tragues entero!
Soy el hilo que une, el eco que no muere.”

En Punta Cometa, donde la tierra se adelgaza como lengua de serpiente, los mizontles forman círculos al equinoccio. Allí desciende Citlaltlachtli, el campo de estrellas, reflejándose en sus ojos como espejos de obsidiana. Los toltecas ofrendaban copal en sus senderos, invocando la xochicuetl, la serpiente de flores, para que las tortugas hermanas regresaran a desovar bajo su guardia. Los zapotecas, con sus códices de nube y jaguar, narraban cómo Guela’z ahuyenta a los doncha’ —espíritus malignos del manglar—, protegiendo las guiebetza’ de los niños nacidos bajo luna llena.

La Prueba del Señor Humo Negro

Pero ni el mizontle escapa a la prueba de Tezcatlipoca, el Señor del Humo Negro, espejo fumoso que tienta con ilusiones. En noches de tormenta, cuando el dios lanza sus jaguares de relámpago, el cangrejo se refugia en su caparazón, recordando la enseñanza tolteca: “El guerrero verdadero no lucha con furia, sino con quietud del corazón”. Emerge al alba, renovado, sus patas trazando nuevos glifos, símbolo de yollistli, el corazón noble que construye en lugar de destruir.

Los zapotecas añaden que Guela’z porta en su interior el pitu, el alma colectiva del manglar, que late al ritmo de las mareas. En sus leyendas, el mizontle guía a los pescadores perdidos, apareciendo en la orilla con tenazas alzadas como antorchas, señal del camino de regreso. “¡Ña guela’z biza’, ña guela’z chupa! —proclaman—, el caminante trae vida, el caminante guarda el sueño”.

El Exilio y el Retorno Cósmico

Hubo era en que los hombres, olvidados de la armonía, saquearon los manglares, y los mizontles huyeron al Inframundo de Mictlán. Mazunte lloró sin sus guardianes, las olas rugían enfurecidas, las estrellas se ocultaban. Pero Quetzalcóatl, serpiente de viento precioso, descendió con su flauta de caracol y llamó: “¡Regresad, hijos del equilibrio! La tierra os necesita como el cielo necesita la noche”. Los mizontles volvieron, más fuertes, sus caparazones relucientes como jade nahual, recordando que el exilio fortalece el espíritu.

Como poeta Nezahualcóatl, que soñaba con el sueño de los dioses:
“¿Soy sueño los sueños,
fantasma las nubes?
¿No todo es sueño
y vano las flores?
¡Mas en mi danza vivo,
mizontle eterno,
puente de arena y ola,
eco del cosmos!”

El Legado para los Hijos del Sol de Movimiento

Hoy, cuando sombras modernas amenazan las costas, el mizontle danza aún en Mazunte, susurro tolteca y zapoteca vivo. Enséñanos, caminante azul: honra la tierra pisándola con respeto, el agua bebiéndola con gratitud, el fuego avivándolo con ofrendas puras, el aire inhalándolo como aliento divino. En Punta Cometa, al atardecer, únete a su círculo: toca la arena, siente la brisa, escucha el mar. Allí hallarás el nemiliztli, el arte de ser: no aferrarte al seco ni ahogarte en lo húmedo, sino danzar en la orilla eterna.

Oh lector, si el Quinto Sol tiembla, recuerda al mizontle: en su caparazón guardas tu teyolia, en sus patas tu movimiento sagrado. “Nican xochitl, nican cuicatl —aquí flor, aquí canto”, reza el verso nahuatl. En Mazunte, el cosmos te espera en la playa de los guardianes, donde la sabiduría tolteca y zapoteca susurra: vive en equilibrio, y serás eterno.

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